Alemania pagará por el genocidio de Namibia, el primero del siglo XX

En África del Suroeste, la actual Namibia, los colonos alemanes masacraron a dos etnias que se rebelaron contra su cautiverio en 1904. El Gobierno teutón, que ha reconocido ya la responsabilidad germana, negocia las reparaciones 115 años después

Surviving Herero after the escape through the arid desert of Omaheke...

Supervivientes herero en medio del desierto bajo los efectos de la hambruna.
E. M.

Fue el primer genocidio de un siglo de genocidios. Se cometió en Namibia, uno de los márgenes del mundo conocido en aquel entonces y por eso el crimen no trascendió. En términos de eficiencia, sus perpetradores no tuvieron que gastar demasiado en acabar con el 70% de la etnia herero y el 50% de la etnia namaqua (75.000 personas en total). Sólo tuvieron que matarlos de hambre y de sed.

Hablamos del año 1904, en pleno reparto del continente africano a escuadra y cartabón entre los imperios mundiales. La región denominada África del Suroeste le correspondió a Alemania. Hasta este verano de 2019, 115 años después, ningún representante germano había pronunciado la palabra maldita, la que nadie quiere pronunciar. Daniel Günther, presidente de la Cámara Alta del Parlamento de Alemania, lo hizo el pasado julio: «Genocidio».

«Es nuestro trabajo no olvidar, sino trabajar a través de la Historia colonial alemana y fortalecer el proceso de reconciliación», dijo el ministro de Cooperación y Desarrollo alemán, Gerd Müller, en su visita al país africano. «Mientras, está claro que los crímenes y abominaciones cometidos de 1904 a 1908 fueron lo que hoy describimos como genocidio«. Ahora negocia con el Gobierno de Namibia el pago de las reparaciones.

Para saber qué pasó hay que viajar al 12 de enero de 1904, a un mundo en el que todavía existían sultanes, zares y káisers. La Conferencia de Berlín, organizada por el canciller Bismarck con su casco de pincho y su bigote de manillar, determinó la división del continente (salvo Liberia, un país creado por EEUU para el retorno de sus antiguos esclavos) en manos de las metrópolis con un objetivo: la explotación salvaje de sus recursos, y no sólo los materiales, también los humanos.

Alemania se puso a la labor extractiva en esa África del Suroeste y abrió grandes minas de diamantes, oro, cobre y platino. Las ruinas de esas explotaciones son visitables en Sperrgebiet, Ponoma, Kaokoveld o Kolmanskop, donde se instaló una de las primeras máquinas de rayos X no para curar enfermedades o traumatismos, sino para escanear a los mineros en busca de algún diamante robado dentro de su cuerpo. Hoy, muchos de estos lugares abandonados con casas de lujo, casino, piscina y estación de tren sobreviven casi engullidos por las dunas del desierto.

En 1904 la población del país era de unas 200.000 personas de raza negra, meros esclavos para las minas, dirigida por una élite de unos 2.500 alemanes, 1.300 colonos afrikáners y 400 británicos. Los colonizadores tenían un concepto de sí mismos que reducía a los habitantes originarios de estas tierras a mera mano de obra. La llamada Liga Colonial Alemana declaró que, en lo relativo a cuestiones jurídicas, «el testimonio de siete africanos es equivalente al de un hombre blanco».

Era cuestión de tiempo que se rebelaran. Varias granjas de propietarios blancos fueron asaltadas por milicianos de la etnia herero, que rodearon las poblaciones de Okahandja y Windhoek, además de sabotear el ferrocarril de Osona al estilo Lawrence de Arabia. Alemania envió entonces al general Lothar von Trotha para sofocar la rebelión con una fuerza de 14.000 soldados.

Lo primero fue un ultimátum. Von Trotha les negó sus pretensiones de convertirse en súbditos alemanes y les ordenó además que abandonaran el país si querían mantenerse con vida. Tras una persecución armada por las dunas, los militares alemanes obligaron a los herero a refugiarse en la región de Omaheke, un territorio terroso conocido como «el horno de dios» en la parte occidental del desierto de Kalahari donde hay pocos pozos y ninguna comida.

El general Von Trotha dio la orden de custodiar con tropa armada cada pozo, disparar a cualquier adulto herero que se acercara, ejecutar a los que se rindieran y contaminar el agua tirando a los muertos dentro. Cuando las tropas alemanas avanzaron por el territorio meses después, hallaron esqueletos de personas por todo el desierto, algunas en torno a grandes agujeros excavados en la tierra para encontrar agua desesperadamente. Sobrevivieron sólo unos 1.000 hereros que consiguieron llegar vivos hasta dominios británicos.

Como método de eliminación masivo, no hay otro tan barato y efectivo como la hambruna inducida, como ya demostró Stalin en Ucrania en los años 30 y hoy hacen los señores de la guerra en lugares como Yemen o Sudán del Sur.

Miles murieron de hambre y sed sin tener que disparar una sola bala. Se hizo a conciencia, esperando matar al mayor número posible para eliminar esa etnia (genocidio).

Leutwein, gobernador alemán del país, se quejó ante el canciller alemán Von Bülow de la brutalidad inhumana de Von Trotha y sus métodos, por ser «contrarios a los principios humanitarios y cristianos, económicamente devastadores y perjudiciales para la reputación internacional de Alemania». Pero Von Trotha sólo respondía ante el Káiser Guillermo II y además consideraba que los hereros no podían acogerse a los Tratados de Ginebra porque «no eran humanos, sino sub-humanos».

La crueldad de los colonos alemanes no acabó aquí. En la costa de los esqueletos crearon el que se considera el primer campo de exterminio de la Historia: Shark Island, que estuvo abierto de 1904 hasta 1908 y en él murieron miles de hereros y namas.

Los empresarios británicos que trabajaban en el África del Sudoeste denunciaron todas estas matanzas en Ciudad del Cabo y el escándalo llegó a las cancillerías europeas. Sólo entonces el Káiser Guillermo II ordenó a Von Trotha que detuviera su estrategia genocida. En pocos meses había eliminado al 70% de hereros y al 50% de los namas, según las cifras de la época que se revisan al alza.

Con su valiente petición de perdón, el ministro Müller se ha comprometido a pagar indemnizaciones a las víctimas de aquella masacre y ya negocia con Namibia el precio de las reparaciones con programas de ayuda al desarrollo.