George Floyd: el 'gigante amable' que se apagó

El hombre que murió por asfixia a manos de unos agentes de policía en Minneapolis tenía una hija de seis años, trabajaba como vigilante en un restaurante latino y en marzo pasado se había quedado sin empleo por el coronavirus

Un hombre frente al memorial de Floyd.

Un hombre frente al memorial de Floyd.
REUTERS

«Confundía a la gente porque era tan alto que muchos pensaban que era un tipo peleón, pero en el fondo era una persona amorosa». Así describió Roxie Washington al padre de su hija Gianna, una niña de seis años que de la noche a la mañana se quedó huérfana este 25 de mayo cuando su padre, George Floyd, fue asesinado en la ciudad de Minneapolis en un nuevo caso de abusos policiales en Estados Unidos que ha vuelto a prender la mecha de las tensiones raciales y que está poniendo en jaque la presidencia de Donald Trump.

El «gigante amable», el apodo con el que muchos conocían a Floyd desde los tiempos en que fue jugador de fútbol americano en Houston, su ciudad natal, se había mudado en el 2014 a Minneapolis en busca de trabajo y un nuevo comienzo tras un episodio que marcó su vida, su estancia en prisión tras ser sentenciado a cinco años de cárcel por un caso de robo a mano armada del que se declaró culpable en el 2009.

Empezó trabajando en una tienda de Salvation Army en el centro de Minneapolis, después probó como conductor de camiones y llegó a ser vigilante nocturno en un club llamado El Nuevo Rodeo donde por azares del destino el año pasado coincidió con Derek Chauvin, el policía que se ganaba un sobresueldo como guardia de seguridad y que acabó con su vida la semana pasada en un polémico arresto cuyas imágenes han dado la vuelta al mundo.

El último trabajo de George Floyd fue en otro restaurante hispano de la ciudad, el Conga Latin Bistro, donde se había quedado sin empleo en marzo pasado cuando el gobernador de Minnesota, Tim Walz, ordenó el cierre de todos los comercios no esenciales del estado para intentar frenar la pandemia del coronavirus, según recordó esta semana a los medios locales su dueño, Jovanni Thunstrom.

«Era una persona bien cariñosa, le gustaba mucho la música y la comida latina… todos mis empleados y mis clientes querían a Floyd. Él no era una persona agresiva, nunca lo fue en los cuatro años que trabajó conmigo. Todo esto es una injusticia, ha sido un asesinato, a él lo mataron y vamos a seguir peleando para que se haga justicia porque nunca le había hecho nada a nadie y no merecía morir de esa forma», según el empresario dominicano.

Floyd creció en el Third Ward de Houston, uno de los barrios predominantemente negros de la ciudad donde destacó en el equipo de fútbol americano del instituto Jack Yates, según recordó el ex jugador de la NBA Stephen Jackson. «Me cabrea tanto que después de todas las cosas por las que pasaste, cuando llegaste a ser la mejor versión de ti mismo te hayan sacado así. Descansa Easy Twin», se despidió en sus redes.

Llegó a tener una beca de baloncesto para estudiar en una universidad estatal de Florida pero nunca acabó sus estudios universitarios, y a su regreso a Houston se hizo un hueco en el panorama musical de la ciudad como rapero en la banda Screwed Up Click, en la que se dio a conocer en los años noventa como Big Floyd -medía dos metros de altura- junto a DJ Screw, toda una mini leyenda local del hip hop.

Otro de sus amigos de la infancia, Christopher Harris, lamentó también el injusto final que tuvo George Floyd, «La forma en que murió es un sinsentido. Cuando intentas tener fe en el sistema, un sistema que sabes que no fue diseñado para ti, cuando buscas hacer las cosas bien y no lo logras, empiezas a buscar la justicia por tu mano», según le contó al periódico local «Houston Chronicle».

Tenía 46 años y según el informe oficial de la oficina forense del condado de Hennepin padecía de una enfermedad en las arterias coronarias y una cardiopatía hipertensiva y se detectaron en su organismo sustancias tóxicas, pero no encontraron pruebas físicas de una asfixia traumática o estrangulamiento como posible causa de su muerte. Unos resultados que difieren completamente de la autopsia privada que encargó su familia.

«Lo que nosotros encontramos es consistente con lo que vio la gente (en las imágenes de su arresto)», según Michael Baden, uno de los forenses contratados por la familia, según el cual el peso sobre su espalda, las esposas en sus muñecas, y la posición de su cuerpo inhabilitaron sus pulmones. Una muerte por asfixia injusta e innecesaria que ha vuelto inundar de ira las calles del país al grito de guerra «no puedo respirar».