La diplomacia del apretón de manos


Ronald Reagan y Mijail Gorbachov se dan la mano en 1985.
DENIS PAQUIN REUTERS

La polémica del apretón de manos ha vuelto a surgir en España en el debate electoral del jueves, donde se recordó aquella delegación iraní que se negaba a saludar a las mujeres en el templo del Congreso de los Diputados. El gesto de acercarse al otro y entrar en contacto con él mientras le miras a los ojos ha sido siempre altamente simbólico en la diplomacia internacional. Y tenemos un claro ejemplo esta misma semana. Staffan de Mistura, el que fuera enviado especial de Naciones Unidas para Siria, ha reconocido que dejó su cargo porque se dio cuenta de que Bashar Asad iba a ganar la guerra y tendría que darle entonces la mano. Manos manchadas de sangre.

«¿Por qué dimití el año pasado? Bueno, oficialmente, por razones personales. Oficiosamente, porque vi que la guerra estaba llegando a su final y tras haber condenado lo que había ocurrido en Alepo o Idlib yo no podría haberle dado ahora la mano a Asad», explicó desde Londres. Las críticas le llegaron de inmediato: un mediador tiene que ser imparcial y no dejar una misión o cargo porque en el conflicto no gana ‘su bando’. «Es cierto. No seguí el manual del perfecto mediador», asintió. A De Mistura le superaron sus emociones o su propia convicción. Según sus defensores (pues no tuvo sólo detractores), se guió por lo que apenas queda ya: su integridad.

Todos tenemos en la retina la imagen del apretón de manos con risas incluidas de Ronald Reagan y Mijail Gorbachov en 1985, con el telón de fondo de la carrera armamentística, o aquella otra histórica instantánea de 1993 donde Isaac Rabin y Yasir Arafat se mantienen las miradas ante Bill Clinton en busca de la paz. Gestos que cambiaron el mundo, se ha dicho a lo largo de finales del siglo XX. Gestos que agitaron las conciencias, pero no lo suficiente, según parece a las puertas de 2020: vuelta a la carrera nuclear rusoestadounidense y la caldera de Oriente Próximo de nuevo en plena ebullición.

Lejos de restar importancia a lo que conlleva este ritual y regla de oro de la buena educación, sólo hay que repasar los artículos dedicados a cómo saluda el presidente estadounidense, Donald Trump: estruja las manos, aprovecha una vez tiene al líder de turno agarrado a moverlo de una manera ridícula de lado a lado… De ahí que otro gran maestro de ceremonias le echó un pulso dispuesto a ganar: Emmanuel Macron. La efusividad del mandatario galo culminó con las marcas de sus dedos en la piel del norteamericano.

Regresando a suelo español y sin tener que tirar de fuentes, sino de experiencias de primera mano (por seguir con el juego), las periodistas que acudimos a las comidas informativas de la embajada de Irán pasamos por la situación de que se nos salta en la ronda de saludos ante la mirada incómoda de nuestros colegas masculinos. Una podría pensar que la escena se repetiría en embajadas como la de Arabia Saudí, pero en cambio ahí sí hay apretón: corto, justo, pero como a los demás. No sólo eso, el mismísimo príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, nos dio la mano y ofreció un té a todos y todas las presentes en el Palacio del Pardo de Madrid. Fue en abril de 2018. Apenas seis meses después, en octubre, un periodista, Jamal Khashoggi, entró en un consulado saudí y no salió con vida. ¿Le darían la mano al llegar?