Lula dice que fue a la cárcel y no al exilio para probar la "mentira"

Miles de personas se congregaron para escuchar al ex presidente brasileño un día después de que fuera liberado


El ex mandatario Lula da Silva se dirige a sus seguidores.
NACHO DOCE REUTERS

Lula da Silva cerró el ciclo. El 7 de abril de 2018 se rodeó de miles de simpatizantes en el sindicato de metalúrgicos donde empezó su carrera como sindicalista antes de entregarse a la policía. La cuenta atrás fue agónica y muchos militantes intentaron impedir que su coche saliera en dirección a la cárcel. Hoy volvió al mismo lugar de la periferia de Sao Paulo, a Sao Bernardo do Campo, pero el clima era radicalmente diferente, una fiesta.

Lula, aclamado por la multitud, no tardó en dejar claro que está dispuesto a liderar la oposición: «Bolsonaro fue elegido democráticamente, aceptamos el resultado de las elecciones, pero fue elegido para que gobernase para el pueblo brasileño, no para los milicianos de Río de Janeiro». El primer ataque fue al punto más sensible, a la investigación sobre el asesinato de la concejala de Río de Janeiro Marielle Franco, que está desvelando presuntos vínculos de la familia Bolsonaro con sus asesinos. Lula llegó a identificar al Gobierno con los grupos paramilitares que dominan barrios enteros de Río: «No podemos permitir que los milicianos acaben con este país, un país que era respetado por el mundo entero y que está siendo destruido». Cuando el público empezó a insultar al líder de la ultraderecha, Lula interrumpió: «No digáis palabrotas, Bolsonaro es la palabrota».

El esperado discurso de Lula pasó de puntillas por el juez Sérgio Moro y los fiscales de la Lava Jato (fueron criticados, como siempre, pero menos de lo habitual) y adoptó un tono ya de campaña: el líder del Partido de los Trabajadores habló de educación, de las tasas de desempleo, de los tipos de interés, pero fiel a su estilo, citando a las amas de casa que tienen dificultades para comprar arroz en el mercado. Repasó el panorama regional, pidiendo solidaridad para el pueblo chileno y para Evo Morales, frente a los «ataques de la derecha» boliviana, y pidió que Trump deje en paz a los latinoamericanos: «No es el sheriff del mundo», dijo. Lula aseguró que necesita un tiempo para meditar y que en 20 días pronunciará un discurso a la nación y que está dispuesto a recorrer el país para reconstruir el campo progresista: «La llamada izquierda que Bolsonaro tanto teme va a derrotar a la ultraderecha. Brasil no merece el gobierno que tiene».

Lula, que fue condenado a ocho años y diez meses de cárcel por corrupción y blanqueo de dinero, no fue declarado inocente. Se benefició de una decisión del Tribunal Supremo Federal que consideró inconstitucional que alguien esté preso hasta que no haya agotado todos los recursos posibles. Tampoco es, de momento, presidenciable, porque la ley prohíbe que haya candidatos con condenas en primera instancia. Para ello, el Supremo debería anular la condena de Moro. Esa es la próxima batalla legal de su defensa y de la militancia, que ya empezó a cambiar el lema ‘Lula libre’ por ‘Lula inocente’.

En cualquier caso, en São Bernardo el clima era de optimismo renovado, después de casi cuatro años de derrotas para el PT, tras el impeachment de la ex presidenta Dilma Rousseff en 2016. Petardos, barbacoas y hasta peluches del ex presidente enmarcaban escenas de mucha emoción para sus seguidores. «El día que entró en la cárcel lloré mucho, ahora mi presidente salió, ¡es la cosa más feliz del mundo!», decía a EL MUNDO Ivanira Feitosa, trabajadora de la periferia de São Paulo, en paro desde hace tres años. «Lula gobernó para los pobres, por eso provoca tanto odio, ahora sólo tengo miedo de que le maten, porque hay mucho odio en este país».